La importancia de ponerse objetivos

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Es absolutamente imposible que un ser humano pueda alcanzar algo si no es poniéndose objetivos. Así ha sido toda la vida, y así debería seguir siendo.

En España, hace ya muchos años que entramos en una dinámica poco convencional en este sentido, ya que el Carpe Diem, y el disfrutar del aquí y ahora, se han convertido en la norma.

Como en todo, hay excepciones, pero esta es una cultura que está especialmente arraigada en las familias trabajadoras: la falta de expectativas.

Es obvio que hoy día, tenemos mayor bienestar que hace 30 años, pero ¿se debe a que estamos en el camino correcto o a que estamos viviendo de las rentas?

Hubo un tiempo en que, quizás la paupérrima situación económica general, la falta de respaldo institucional, los valores familiares o cosas así, empujaran a la gente a madurar pronto.

La llegada a los 20 significaba empezar a mirar a la vida con ojos de adulto y anhelar buscarte el sustento y unos mínimos de vida que, entonces, estaban muy por debajo de los actuales.

El problema es que la situación mejoró, pero esos valores que empujan a la gente a progresar, se fueron diluyendo como azucarillos.

Hoy día, hay una sensación general de apatía entre la juventud, de falta de expectativas, de falta de ambición, de pocas ganas de hacer nada, de muchas ganas de llamar la atención a base de hacer el imbécil y colgarlo en las redes sociales.

Es cierto que el tipo de política que se trabaja en España, empuja a esto mismo. Los diferentes gobiernos han luchado por tener una sociedad aborregada fomentando la vida fácil y la falsa cultura del bienestar.

Pero, aparte de eso, nosotros mismos, los “milenialls”, no hemos asumido el rol de nuestros padres, el de trabajo duro, esfuerzo, paciencia y una dosis mínima de riesgo.

El auge de los botellones y de la experimentación con drogas, o la llegada temprana al sexo, no significa más que el deseo de satisfacer necesidades de manera inmediata, probar cosas nuevas a la vez que se abandonan las anteriores.

Y en esas condiciones, es normal que nuestro barco se hunda.

Es importante que, a nivel personal, fraccionemos nuestra vida en fases y objetivos. Objetivos a alcanzar, por un lado, y las fases que utilizaremos para hacerlo, por otro.

Ningún barco sale de puerto sin conocer su destino. Ese es el problema. Se nos lanza a la vida con una filosofía hedonista, basada en el placer individual e inmediato, que martillea nuestra cabeza 24/7.

De pronto los padres, los principales transmisores, empiezan a dudar si valió la pena tanto esfuerzo; los hijos se enrocan en que ni mucho menos vale la pena.

Y así es como obtienen la justificación ideal para dilapidar el poco dinero que consiguen en gasto superfluo e innecesario.

De todos modos ¿qué más da? Lo que importa es disfrutar hoy, porque lo mismo mañana me muero, ¿verdad?

De esta manera, comienzan a pasar los días, sin morirse, y la decrepitud y la sensación de insatisfacción perpetua con la que nos encontramos, se convierte en un monstruo que nos domina.

Descartamos conseguir cosas a base de sacrificio, despreciamos a todo aquel que lo hace, y nos volvemos más exigentes y agresivos a la hora de satisfacer lo que nos apetece.

Tenemos el “mono”. Yonquis del placer y de la vida fácil, así no vais a ningún lado.

Como dije, el barco que sale de puerto sin destino, se termina perdiendo en el océano, y por desgracia, veo mucho de eso hoy día.

Quizá solo sea una sensación y ojalá me equivoque. Una sociedad que solo vive pensando en el hoy, tiene los días contados.

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